¿Qué caracteriza a una generación mejor que el recuerdo común de algunas imágenes?
Cuando Hans Belting se hizo esta pregunta hace treinta años, la interacción entre la imagen y los nuevos medios comunicativos estaba entrando en un terreno de máxima propagación: los realitys televisivos, los vídeos amateurs, las redes sociales o las plataformas de distribución de lo que, años más tarde, Steyerl llamaría la «imagen pobre», crearían un terreno fecundo para la exposición absoluta de la intimidad. Desde hace décadas, convivimos con imágenes hechas exclusivamente para ser vistas por muchos, codificadas por los deseos, frustraciones y anhelos de un espectador ubicuo, sin fronteras. La cultura de los medios masivos ha hecho que todos nos convirtamos en objetos de la mirada de una cámara, actuando para ella, viviendo por y para la mediación visual a cambio de despojarnos, en el proceso, de la diferencia con la que garantizamos nuestra propia realidad.
Belting también decía que, dado que una imagen carece de cuerpo, esta siempre requiere de un medio en el cual pueda manifestarse. Sin embargo, ¿de qué medio estamos hablando exactamente cuando la reproducción de la realidad ha pasado a convertirse en la realidad misma, en un reality, en un dispositivo de exposición y visibilidad continua? Parecería, por tanto, que los remanentes de la vieja realidad son aquellos que nada tienen que ver con lo visual.
Esta paradoja está presente tanto en el trabajo de Karmen Ameller (2000) como de Noelia Soto (2002). Las dos son conscientes de lo que supone la posición de una cámara, el exceso de exposición lumínica, el influjo seductor de una tecnología que crea platós móviles y playas que son chromas, o, como en el programa Jersey Shore, la búsqueda de un bronceado constante que no es sino la absurda exigencia por proveerse de un sol artificial.
A través de un trabajo escultórico centrado en la cerámica y el ensamblaje, en el caso de Ameller, como fotográfico, en el de Soto, Solarium se plantea como una exposición que reproduce conductas, escenarios y coreografías de despersonalización, construyendo una identidad corporal que, aunque es visible, es también una negación del desmedido dominio de la mirada.



